CIMERO
   

 





 

Integrantes de la Comisión

Presidente

  • Dr. Alberto J. Muniagurria

Vicepresidente

  • Dr. Angel Bilesio

Integrantes

  • Sra. Angélica Gorodischer
  • Sr. Miguel Ballesteros
  • Sr. Jack Benoliel
  • Maestro Fernando Ciraolo
  • Sr. Gustavo Postiglione

 Eventos de la Comisión

 

LA MÚSICA Y EL DOLOR

Maestro Fernando Ciraolo

Hay corrientes culturales que tienen a considerar a la música como un factor importante para la formación de la personalidad humana, no sólo porque crea un clima propio para despertar todas las facultades creadoras, si no porque le puede dar vida a la mayor parte de las facultades humanas y favorecer su desarrollo.
Siendo la música uno de los factores expresivos y comunicantes de mayor significación humana, es indudable que el hombre la poseyó como medio para expresar (o exteriorizar) la intimidad de su sentimiento y la turbulencia de su instinto.
En las diversas culturas se verá la íntima relación entre el hombre y la música, la extraordinaria importancia de la música ejecutada en grupo ejerce sobre el esfuerzo musical individual, la gran ayuda que la música representa para la memoria y la gran ayuda que la semejanza de algunas funciones de la música en todas las sociedades.
Una de las más importantes funciones de la música, es llevar al individuo a establecer una relación de total integración con el grupo, hacerlo sentir aceptado. A continuación citamos algunas consideraciones sobre el hombre y la relación con su música.
 El niño después de recibir los estímulos sensoriales tempranos no se conformará sólo con los sonidos de la naturaleza, sus propias necesidades le exigen crear otros sonidos. A medida que evoluciona su sensibilidad estética se hace más compleja, luego estructura esos sonidos en pautas precisas y reconocibles, a esto lo llamamos música. En todas las razas y culturas la
expresión y la experiencia musical son fundamentales para la salud del hombre debido a que una vida sana requiere de la interrelación.
El empleo de la música con el propósito de lograr y conservar la salud, la felicidad y el confort del hombre es universal. Este es un componente filosófico del bienestar de la persona.
El modelo cultural determina su propio medio de expresión. Cada grupo cultural desarrolla su propio medio de expresión y así como cada grupo étnico crea su propio lenguaje, también desarrolla su propia música y cada individuo dentro de su grupo aprende la música de su cultura.
Existen individuos que requieren imperiosamente imágenes visuales, sonidos, formas, texturas y ritmos. Estas necesidades son especialmente evidentes en los niños y es fundamental satisfacerlas para que crezcan y se desarrollen normalmente. Los impulsos de ver, oír, tocar, gustar, son tan naturales e intensos como el deseo de comprender.
El hombre con su cerebro de billones de células, no sólo debe organizar los estímulos que le llegan y lo informan acerca de su medio, sino también su sentido estético. Ninguna cultura y tribu se ha satisfecho jamás con los sonidos que le ha ofrecido la naturaleza; el hombre ha producido nuevos sonidos y los ha ubicado de manera ordenada en algún sistema u
organización que de modo general y predominantemente es rítmico y a veces melódico y/o
armónico.
La música y la religión están relacionadas de modo integral, uno de los más claros usos de la música se da en la religión. Entre una y otra existe una coincidencia muy sorprendente. Ej: Algunos de los propósitos de los oficios religiosos y funciones musicales son muy similares, tienen en común de poder unir a las personas.
En casi todas las culturas la música y la religión se hallan unidas con el fin de construir una defensa contra el miedo y la soledad.
La música es comunicación no verbal ya que permite al individuo comunicarse a través de otros medios como, los bailes, cantos, ritmos y otras actividades en grupo. Esto es fundamental para comprender la influencia que ejerce la música sobre la conducta. Uno de los aspectos típicos de los que sufren desordenes de la conducta o son deficientes es precisamente la ausencia de esta interacción y conductas sociales adecuadas. La música no existiría y no sería necesaria si fuese posible comunicarse mediante la palabra con la misma facilidad con que lo es mediante la
música.
Por ejemplo: ¿Cómo expresar con palabras un beso, una sonrisa, el gesto de una despedida o el sabor amargo de una pérdida? ¿Cómo diríamos con palabras los sentimientos que evocan el Himno Nacional, un vals de Strauss, etc.?
La música es casi siempre una expresión de buena voluntad, un llegar a otros, y así se la interpreta. La música, entonces, es una expresión poderosa de la interrelación de la humanidad y casi toda ella se vincula con las relaciones positivas que acercan los individuos, como el amor, la
> lealtad, el patriotismo, etc. Así como también relaciones negativas como sentimientos de pérdida, enojos, angustia, etc. Es evidente, entonces el arte de la música es una fuerza que constituye al desarrollo y sensibilización del alma humana.
¿Es necesario sufrir para crear?. Crear- crecer por la creación no está nunca exento de dolor. La creación es un punto de crisis del sistema, donde se pasa a algo diferente, distinto a lo anterior, y esa creación nueva siempre "es parida con dolor".
 "Te preocuparás el sustento con el sudor de tu frente", algo sólo puede ser alcanzado por el trabajo, por el esfuerzo; hasta en la posición del jefe o  del amo hay exigencia de trabajo. Quienes llegan a detentar el poder de los amos saben del supuesto trabajo que ese privilegio exige.
Los privilegios son también una exigencia a sostener. Si una frente suda es porque hay trabajo, ¿qué trabajo? El de sostenerse en la existencia...
...Es evidente entonces que el arte en su conjunto no implica una creación innecesaria, sino una fuerza que contribuye al desarrollo y a la sensibilización del alma humana. El arte es el código que se comunica con el alma de las cosas que es para ella un pan cotidiano, imposible de obtener
de otra manera.
 Si el arte no cumpliera esta obligación dejaría un hueco, pues no existe ningún poder que pueda tomar su lugar. Cuando el alma humana alcance una vida más intensa, el arte renacerá, pues el alma y el arte se encuentran en relación mutua de efecto y perfección.
El artista debe tener qué decir, pues su deber no es dominar la forma sino amoldarla a un contenido. El artista no es un ser con privilegios o prerrogativas en la vida, no puede existir sin deberes, está sujeto a una labor ardua que a veces le pesa como una cruz.
Si dirigimos una mirada, en particular a aquellos seres que han padecido un dolor casi en toda su existencia. Esas personas que se afirman en la desgracia para dar a la vida, aquello que la vida la privara, entonces le damos extraordinaria importancia y nos asombramos ante ese dominio del espíritu milagro de la voluntad. Así Braile en su ceguera llenó de luz los ojos de los ciegos; y así Beethoven en su sordera, construyó los más bellos encantos sonoros, para deleites de los oyentes del mundo. Dos voluntades que transformaron en el sumo amargo de su desgraciado vivir, en reconfortable bálsamo para sus semejantes.
En el caso de Beethoven, alrededor de los 25 años, empieza con la sordera que se le presume como mal pasajero pero se acentúa poco a poco, no le impide componer; aún puede dirigir y tocar el piano en conciertos públicos y privados; dar lecciones se le es más difícil, la conversación es casi imposible. Con mucho sigilo a consultado varios médicos, y las curaciones
prescriptas le martirizan el cuerpo y el alma con nuevo sufrimiento y desilusiones. Hasta que llega el día en que se le confirma su sordera.

Beethoven, ajeno a cuanto le pasaba a su alrededor, seguía escuchando y tocando la música que fluía de su cerebro y no de sus oídos. Smetana, Robert Franz y otros, también sufrieron sordera en sus últimos años, lo que no fue óbice para que continuaran escribiendo. Contrariamente a estos compositores, en quienes la enfermedad disminuyó el poder creador, en Beethoven la sordera fue necesidad a producir, pues la composición era su único medio de subsistencia. Más aún; ya que no podía tener luego una comprobación auditiva, ello lo obligó a "cerebralizar" su música con perfecto cuidado, logrando en sus obras una solidez constructiva y sonora nunca igualadas; pero por sobre todas las cosas, lo instó a volcar en sus notas toda su alma acongojada, "radiografiando" su estado anímico con un "patetismo" nunca oído en aquellos tiempos.



PSICOLOGÍA Y DOLOR


11 DE AGOSTO DE 2004
Mst. Ps. Cecilia Gorodischer

Ante todo, agradezco la oportunidad que me han dado de hablar ante ustedes de un tema tan esencial para mi práctica como es el dolor. Pero especialmente agradezco la oportunidad que se me da de hablar ante médicos. Ustedes saben que Freud fue médico. No fue un médico como Esculapio, o como Hipócrates. Fue un médico, según nos ayuda a entender Lacan en un de sus primeros seminarios, como ustedes. Un médico de la Modernidad. El médico moderno que fue Freud, y que seguramente son ustedes, es un médico que tiene frente al cuerpo la actitud del que desmonta una máquina, que desmonta una supuesta unidad que es el viviente, de un  modo que para un médico anterior hubiera resultado escandaloso y perturbador.
Lo que permite a Freud esta manera nueva de pensar al hombre es nada más y nada menos que el descubrimiento de la máquina de vapor. Y antes de esto, el descubrimiento del reloj, y un poco antes la fabricación de una rudimentaria máquina de calcular construida por Pascal. ¿Y qué tiene todo esto que ver con lo que nos convoca hoy aquí? Es que la máquina encarna la actividad simbólica más radical del hombre y era necesaria para que Freud pudiera pensar el cuerpo del hombre como tal, como una máquina que es el hombre es la idea de energía y la energía es una noción que no puede aparecer sino a partir del momento que hay máquinas.
Para decirlo de un modo muy esquemático la pregunta de Freud es: ¿Qué es el psiquismo energéticamente? Y así planteada ésta es una pregunta que pertenece al pensamiento biológico.
Freud partió de una concepción del sistema nervioso según la cual éste siempre tiende a volver a un punto de equilibrio. Trató de edificar sobre esa base una teoría del sistema nervioso según la cual éste siempre tiende a volver a un punto de equilibrio. Trató de edificar sobre esa base una teoría del sistema nervioso, mostrando que el cerebro opera como un órgano-amortiguador entre el hombre y la realidad, como órgano de homeostato. Pero investigando el cuerpo como una máquina motorizada por una energía particular, se encuentra con otra máquina: la máquina de soñar. Y en la máquina de soñar reencuentra lo que estaba ahí desde siempre y no se lo había visto: que es en el nivel de lo más orgánico y lo más simple, en el nivel de lo más inconsciente, donde el sentido y la palabra se revelan y se desarrollan.
De ahí la revolución completa de su pensamiento y el paso desde un texto de 1895 titulado “Proyecto para una psicología para neurólogos” a la “Interpretación de los sueños”, de 1900. Freud descubre el funcionamiento del símbolo como tal, la manifestación del símbolo en desplazamientos, en retruécanos, en juegos de palabras, en bromas que funcionan por su cuenta en la máquina de soñar. Tiene que tomar partido sobre este descubrimiento, aceptarlo o desconocerlo, como hicieron tantos otros antes que él. Y fue necesario que pasaran 20 años más, después de la “Interpretación de los sueños”, (en su texto “Más allá del principio del placer” de 1920) para que pudiera volver sobre sus premisas y descubrir qué quiere decir todo esto en el plano energético, lo que le permitió elaborar el más allá del principio del placer y la pulsión de muerte.
Entonces, ¿qué es el dolor para el psicoanálisis? Tempranamente Freud se interesó por el tema. En su correspondencia con Fliess, su primer interlocutor, alrededor de 1895, Freud da una descripción de la melancolía que explica cómo funciona energéticamente el dolor: la melancolía, dice, es una inhibición psíquica con empobrecimiento pulsional (energético), y dolor por ello. Mediante una hemorragia interna nace un emprobrecimiento de exitación, un recogimiento, que tiene los mismos efectos de una herida, análogamente al dolor. Más tarde, en 1914, va a tomar como propias las palabras de un poeta alemán, Wilhem Busch, acerca del poeta con dolor de muelas. “En la estrecha cavidad de su muela se recluye el alma toda”, Dice Freud: “Es sabido –y nos parece un hecho trivial- que la persona afligida por un dolor orgánico y por sensaciones penosas resigna su interés por todas las cosas del mundo exterior que no se relacionan con su sufrimiento. Una observación más precisa nos enseña que, mientras sufre, también retira de sus objetos de amor el interés libidinal, cesa de amar. La trivialidad de este hecho no ha de disuadirnos de procurarle su traducción dentro de la terminología de la teoría de la libido (es decir, en términos energéticos, maquínicos). Diríamos entonces: el enfermo retira sobre su yo sus cargas libidinales para volver a enviarlas después de curarse”.
Ahora bien, ¿cuál es la teoría freudiana sobre lo que ocurre en el dolor corporal? Para Freud el displacer específico del dolor corporal se debe a que la protección antiestímulo es perforada en un área circunscripta del aparato psíquico. “Desde el punto de la periferia en que la ruptura ha tenido efecto, afluyen entonces al aparato anímico central excitaciones continuas, tales como antes sólo podían llegar a él partiendo del interior del aparato. ¿Y qué podemos esperar como reacción de la vida anímica ante esta invasión? De todas partes acude energía de carga para crear, en los alrededores de la brecha producida, grandes acopios de energía. Se forma así una “contracarga” a favor de la cual se empobrecen todos los demás sistemas psíquicos, resultando una extensa parálisis o minoración del resto de las funciones psíquicas”.
Espero que se comprenda cómo funciona entonces esta máquina, que al ser herida por algún lado, manda refuerzos energéticos para cubrir esa herida (sea periférica, sea de algún órgano interno), lo que produce entonces el abandono de otras posiciones, de otros lugares, que quedan empobrecidos, olvidados.
A mi criterio es en “Inhibición, síntoma y angustia” (1926) donde Freud da la explicación más clara sobre el funcionamiento del dolor orgánico, relacionándolo claramente con el dolor anímico como estrictamente equivalentes:
            “También acerca del dolor es muy poco lo que sabemos. He aquí el único contenido seguro: el hecho de que el dolor –en primer término y por regla general- nace cuando un estímulo que ataca en la periferia perfora los dispositivos de la protección antiestímulo pulsional continuado, frente al cual permanecen impotentes las acciones musculares, en otro caso eficaces, que sustraerían del estímulo el lugar estimulado. En nada varía la situación cuando el estímulo no parte de un lugar de la piel sino de un órgano interno; no ocurre otra cosa que el reemplazo de la periferia externa por una parte de la interna. Es evidente que el niño tiene ocasión de hacer esas vivencias de necesidad. Ahora bien, esta condición genética del dolor parece tener muy poca semejanza con una pérdida del objeto: es indudable que en la situación de añoranza del niño falta por completo el factor, esencial para el dolor, de la estimulación periférica. Empero, no dejará de tener su sentido que el lenguaje haya creado el concepto del dolor interior, anímico, equiparando enteramente las sensaciones de pérdida del objeto al dolor corporal...., en este punto parece residir la analogía que ha permitido aquella trasferencia de la sensación dolorosa al ámbito anímico. La intensa carga de anhelo del objeto perdido, carga que no pudiendo ser satisfecha crece de continuo, crea las mismas condiciones económicas que la carga de dolor del lugar del cuerpo herido y hace preciso prescindir de la condicionalidad periférica del dolor físico. La transición desde el dolor físico al dolor anímico corresponde al paso desde la carga narcisista a la carga de objeto.”
Resumiendo: el dolor anímico se explica por los mismos motivos energéticos que el dolor físico: la pérdida del objeto amado produce el mismo efecto que la herida (sea periférica o de un órgano interno) y mueve cargas energéticas similares a las que mueve el dolor físico. La añoranza del objeto amado es equivalente en su función en el alma humana a una herida abierta o a un órgano doliente. Nuevamente recordamos la metáfora de la “hemorragia interna” para describir la melancolía. Todo proceso de duelo, entonces, mueve al aparato psíquico a actuar como cuando se abre una herida en la piel: resignar cargas libidinales del objeto, volver esa energía al yo, empobrecer otras actividades del alma humana, para, una vez reestablecida la herida, volver al mundo exterior a reiniciar la búsqueda.
El trabajo consiste en su mayor parte, en el campo de la neurosis, en esta tareas: la de reconducir las cargas libidinales del objeto perdido a un nuevo objeto. Es cierto que muchas veces para poder lograr esa rectificación, esa reconducción, es necesaria una tarea previa: construir con palabras ese aparato anímico que no pudo establecerse firmemente, para que la libido encuentre, entonces sí, caminos donde dirigirse a esos objetos.
Ahora bien, el valor que tiene para el psicoanálisis el dolor es tal que es gracias a él que se produce la primer diferenciación yo-no yo para el viviente humano. Es porque el yo primitivo quiere desasirse del dolor que reconoce un “afuera”, un mundo exterior, que sería el responsable de él. El principio del placer, que es hasta 1920 el amo irrestricto del aparato psíquico, ordena cancelar y evitar todo sufrimiento y entonces nace la tendencia a segregar del yo todo lo que pueda devenir fuente de dolor, y formar un puro yo-placer, que se contrapone a ese afuera amenazador. Por supuesto, la experiencia no puede menos que rectificar esa construcción: mucho de lo que da dolor es inseparable del yo y mucho de lo que da placer, lamentablemente, pertenece al mundo externo, y por lo tanto puede sernos negado, aún contra nuestra voluntad o deseo.
Finalmente, dice Freud sobre el dolor que tiene tres fuentes: el mundo exterior, el propio cuerpo, y las relaciones con otros seres humanos. “Al padecer que viene de esta fuente lo sentimos tal vez más doloroso que a cualquier otro; nos inclinamos a verlo como un suplemento en cierto modo superfluo, aunque acaso no sea menos inevitable ni obra de un destino menos fatal que el padecer de otro origen”.
Resumamos: el dolor anímico es equivalente al dolor orgánico porque funcionan de la misma manera, energéticamente igual, desplazando energía en protección de la ruptura de la barrera antiestímulo (se trate de una herida corporal o de la pérdida de alguien amado) y empobreciendo entonces los otros sistemas del aparato psíquico: “El alma queda recluida en la estrecha cavidad de su muela”.
Hemos hablado hasta aquí del dolor físico equivalente al dolor anímico, equivalente a su mecanismo, en sus movimientos energéticos dentro del aparato psíquico, de esta máquina a la que Freud se enfrenta para comprender. Nos resta hablar de un modo de sufrimiento que Freud descubre en la base de esta máquina de la que hablábamos al principio. Se trata de lo que Freud llamó el más allá del principio del placer. Para nosotros, psicoanalista, “Más allá del principio del placer” es un texto clave. Momento de inflexión, de revisión y de viraje, marca un cambio teórico, lo que es decir que marca un cambio en la dirección de la cura y en la técnica psicoanalítica. ¿Qué significa este texto desde el punto de vista del lugar del dolor en la economía psíquica? Significa el destrono del hasta entonces imperio del principio del placer como rector de esta máquina humana. Ahora, dice, hemos llegado a esclarecer que de lo que se trata en la neurosis es que el paciente repite en vez de recordar, entonces debemos admitir una compulsión de repetición más allá del principio del placer. Entonces, la compulsión de repetición más allá del principio del placer. Entonces, la compulsión de repetición viene a ocupar el lugar determinante que antes ocupaba el principio del placer como timón de la vida anímica.
            Pero lo que llama la atención de Freud y despierta su asombro es que la compulsión de repetición reviva experiencias pasadas sumamente displacenteras, que ni siquiera en su momento pudieron dar alguna satisfacción, sino al contrario, debieron ser muy dolorosas y sentidas como irremediables. Así, el paciente repite todos los desaires de sus padres, cuando el amor hacia ellos sucumbió al desengaño. Los neuróticos repiten en la transferencia todas estas vicisitudes de su vida infantil, forzando al analista a que les dirijan duras palabras, a que despierten sus celos o los desairen como antaño. Estas experiencias son repetidas porque una compulsión los fuerza a ella. ¿Por qué?
            No sólo en la neurosis encuentra Freud esta compulsión a la repetición. También en esos casos en los que se reiteran en la vida de los sujetos ciertas vivencias, aún cuando éste las viva pasivamente, pareciendo que nada en su actitud conduce a que tales ocurran: mujeres que enviudan reiteradamente y deben previamente cuidar a sus maridos en largas agonía; amantes que transitan siempre las mismas alternativas y los mismos finales; hombres que sufren las mismas desilusiones de sus pares o de sus subalternos.
            Freud refiere a la compulsión de repetición los sueños de los enfermos de neurosis traumática y la impulsión al juego del niño, además de lo que llama la compulsión de destino, si bien reconoce que siempre hay una sobredeterminación, una pluricausalidad. Por ejemplo, en los fenómenos transferenciales está presente la resistencia del yo, que se obstina en la represión y se aferra al principio del placer.

La neurosis traumáticas y el juego infantil: la experiencia clínica...
Freud se detiene a analizar los sueños   de las neurosis traumáticas, sueños que se caracterizan por reconducir al enfermo a la situación que lo enfermó, mostrando una característica propia de la histeria que, como manifestaran Freud y Breuer en 1893, “padece por la mayor parte de reminiscencias”. Lo que ocurre en los casos de neurosis traumática es que se pervierte la función del sueño que es, como lo mostrara el propio Freud en 1900 (“La interpretación de los sueños”) es la “realización (disfrazada) de un deseo (inconsciente)”.
Si la tendencia del sueño es el cumplimiento de un deseo, en estos casos la función del sueño se vio afectada profundamente y desviada de su fin.
            ¿Y qué ocurre en el juego infantil? También aquí encuentra Freud la repetición de una vivencia que por fuerza debía ser dolorosa para el niño del que se trata (su nieto de una año medio), la partida de su madre, a la que se encontraba fuertemente unido y de la que debía soportar su ausencia largas horas durante el día. El juego consistía en arrojar lejos de sí los objetos que tenía a su alcance, acompañándose de una interjección que significaba “fort” (se fue). Jugaba a que sus juguetes se iban.
            “Un día hice la observación que corroboró mi punto de vista. El niño tenía un carretel de madera atado con un piolín. No se le ocurrió, por ejemplo, arrastrarlo tras de sí por le piso para jugar al carrito, sino que con gran destreza arrojaba el carretel, al que sostenía por le piolín, tras la baranda de su cunita con mosquitero; el carretel desaparecía ahí dentro, el niño pronunciaba su significativo “o-o-o”, y después, tirando del piolín, volvía a sacar el carretel de la cuna, saludando ahora su aparición con un amistoso “da” (acá está). Ese era pues el juego completo, el de desaparecer y volver. Las más de las veces sólo se podía ver el primer acto, repetido por sí solo incansablemente en calidad de juego, aunque el mayor placer, sin ninguna duda, correspondía al segundo”. 1

 

 

 

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